Comenzó a llover, pero como en silencio, como si la ciudad quisiera amortiguar cualquier ruido que pudiera romper la calma. Desde la ventanilla del taxi, veía cómo las farolas dibujaban círculos de luz en las aceras y el vapor escapaba de las bocas de los transeúntes. Habíamos llegado a Ginebra hacía menos de una hora, pero yo sentía que llevaba días arrastrando este cansancio invisible.
Alex estaba a mi lado, en silencio, con la mirada fija en algún punto más allá del cristal. Sus manos estaba