Había algo extraño en el silencio de esa noche.
Algo que no era soledad, pero que se parecía demasiado.
Pasaban las horas y Alex no escribía. Desde que se fue por la mañana, no había una sola palabra suya en mi bandeja de entrada. Ni un "llegué", ni un "te escribo luego". Nada.
Y aunque quise convencerme de que estaba ocupado —porque claro, era domingo, y sus turnos solían ser agotadores—, no podía evitar que en algún rincón de mi mente, más emocional que racional, creciera una punzada de inseg