Desde aquella tarde del lobo, la relación entre Reik y el padre de Nicolás mejoró notablemente. El hombre comenzó a visitarlo cada tarde después de sus labores en el taller, siempre llevando algo: un termo de té caliente, un panecillo con mantequilla o un termo de caldo con hueso.
—Toma, come todo, que esos niños necesitan fuerza. A mi esposa le encantaban estos cuando estaba embarazada de Nicolas —decía, entregándole el recipiente humeante.
—Gracias… —respondía Reik, tímido pero con el corazón