Máximo abandonó el edificio donde se hospedaba Leticia, pero antes de que pudiera arrancar hacia el departamento de Amanda, su teléfono vibró con una insistencia agresiva. Era su abogado principal: una llamada de emergencia de la junta directiva en Londres; un asunto legal crítico que no podía delegar.
—¡Maldita sea! —gritó, golpeando el volante con una rabia que le entumeció los nudillos.
Tuvo que retomar el camino hacia la oficina, pero el trayecto de vuelta fue un suplicio. Durante tod