capítulo 14

El trayecto en el auto fue silencioso, pero no era un silencio incómodo. Máximo no soltó mi mano en ningún momento, y sus dedos trazaban círculos distraídos sobre mi piel mientras miraba por la ventana, probablemente atendiendo mentalmente los negocios que había dejado en pausa por mí.

​Cuando el coche se detuvo, no estábamos frente a mi modesto edificio de departamentos.

​—Máximo, ¿dónde estamos? —pregunté, mirando a través del cristal la imponente fachada de una mansión rodeada de jardines
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