El trayecto en el auto fue silencioso, pero no era un silencio incómodo. Máximo no soltó mi mano en ningún momento, y sus dedos trazaban círculos distraídos sobre mi piel mientras miraba por la ventana, probablemente atendiendo mentalmente los negocios que había dejado en pausa por mí.
Cuando el coche se detuvo, no estábamos frente a mi modesto edificio de departamentos.
—Máximo, ¿dónde estamos? —pregunté, mirando a través del cristal la imponente fachada de una mansión rodeada de jardines