capítulo 13

Se enderezó y, con un movimiento fluido, retiró la bandeja de mis piernas, dejando el plato sobre la mesa de noche. Antes de alejarse por completo, se inclinó de nuevo y acarició mi mejilla con el dorso de su mano; fue un gesto tan tierno y desarmado que me hizo olvidar por un instante mi orgullo.

​—Máximo, vete a comer algo de verdad y a descansar —le dije en voz baja, casi en un ruego—. Has tenido un día largo y no te ves nada cómodo en esa silla.

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