CAPÍTULO 22
De repente, los golpes y el timbre cesaron abruptamente.
Se escuchó un ruido diferente en el pasillo.
Y luego, una voz. Una voz profunda, grave y cargada de una amenaza gélida que atravesó la pared y llegó hasta los oídos de Catarina.
—¿Se puede saber qué estás haciendo, Rodrigo?
Catarina, sentada en el suelo de su entrada con las rodillas contra el pecho, contuvo la respiración. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, pegando la oreja a la madera fría de la puerta, incapaz