PRÓLOGOSebastián la había estado observando desde hacía exactamente cuarenta y cinco minutos. No era su tipo de actividad favorita en un viernes por la noche, pero había algo en la mujer de la barra que rompía con la monotonía del restaurante. Ella no bebía como alguien que disfruta de una copa; bebía como alguien que intenta apagar un incendio interno. Era joven, quizás de unos treinta años, con una belleza caótica que resaltaba bajo las luces tenues del local. Tenía el cabello castaño algo revuelto y unos ojos que, incluso a la distancia, se veían cargados de una electricidad peligrosa."Es demasiado linda para estar tan sola y tan desesperada", pensó Sebastián, dándole un sorbo a su whisky.Al principio, su intención fue simplemente esperar a que ella terminara, acercarse con la seguridad de quien no tiene nada que perder y ver si esa noche de viernes terminaba con una compañía interesante. Su mirada recorría la curva de sus hombros y la forma en que ella apretaba la copa, calcula
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