— ¡Habla maldito infeliz! ¡Dime en dónde tienen a mi esposa, cobarde! — Gritó Máximo con todas sus fuerzas, al tiempo que jalaba el gatillo en la cabeza de Daniel, quien abrió los ojos de par en par, tragando grueso, su único pensamiento «llego mi fin»
— ¡Papá! — Mari se había bajado del auto y corría hacia ellos. — ¡Papá, espera!
Máximo se tensó, volteó ligeramente hacia su hija, viéndola por el rabillo del ojo, pero no movió un músculo, una de sus manos seguía aferrada a la camisa de Daniel