Por primera vez, él se sintió el hombre más afortunado del mundo y después de un largo suspiro, se abalanzó sobre ella, besándola una vez más.
Piel contra piel, caricias contra caricias, David la besó por el cuello, por el pecho, succionando con suavidad la punta de las pequeñas montañas erguidas de Mari, ella comenzó a arquearse, su cuerpo pedía más, al tiempo que emitía pequeños gemidos.
Una de las manos de David, bajó lentamente, concentrándose en el centro de ella, en dónde la acarició co