Lena había encontrado una casa más cómoda para ella y su hija. Después de llamar a su abogado para retomar el proceso de divorcio y reafirmar su posición en la empresa, recibió una llamada de su abuelo.
—Hola, mi querida nieta, ¿cómo estás? —preguntó su abuelo con ese tono cálido que siempre la tranquilizaba.
—Bien, abuelo —respondió Lena, acomodándose en el sofá, aunque su voz delataba el peso de sus preocupaciones—. Mañana iré por Leía. La traeré conmigo. —Hizo una pausa y soltó un suspiro—.