El motor rugía como una bestia herida bajo el capó del carro. Alara, con el vehículo ya estabilizado, no apartaba los ojos del espejo retrovisor, donde la camioneta de Pavel zigzagueaba entre los autos, disparando para abrirse paso entre sus perseguidores.
—Aguanta un poco más —murmuró, con los nudillos blancos sobre el volante.
Aprovechando el caos, pisó el acelerador hasta que el velocímetro paso los 160 km/h. Por un instante, creyó que lo había logrado escapar. Hasta que un disparo certero re