Donato sostenía el arma con una mano mientras con la otra presionaba la herida, tenía los ojos inyectados de odio que reflejaban una crueldad que iba más allá del resentimiento.
—Matarte nunca estuvo en mis planes, desgraciada —escupió con voz rota por la rabia—. Solo quería poseerte. Si hubieras aceptado mi oferta desde el principio... —Una tos seca interrumpió su frase, pero los ojos siguieron clavados en ella—. Quizá, como hizo mi hermano, te habría perdonado la vida, y serias mi muñeca de ju