El aire en la habitación era denso, cargado con el aroma de apetito sexual. Alara no le dio tiempo a Bruno a reaccionar. Con un movimiento brusco, le hundió la lengua en la boca con una furia que lo dejó sin aliento. No era un beso, era una reclamación de deseo. Saboreó cada rincón de su boca como si quisiera memorizar el sabor a menta y whisky que lo acompañaba, mientras sus uñas se clavaban en su cuello
Bruno emitió un gemido ronco, sorprendido por la intensidad. Sus manos, antes inertes, se