La luz del sol se filtraba por la ventana. Alara abrió los ojos lentamente, con los párpados pesados; los sentía como plomos, se resistían a la claridad. Parpadeó varias veces, desorientada. Trató de moverse, pero el dolor en sus muslos no la dejaba. Intentó estirarse, pero una mano fuerte la retenía por la cintura.
Con miedo, alzó la mirada y se encontró con el rostro sereno de Bruno, sus facciones perfectamente talladas bajo la luz matutina. "Dios, este desgraciado sigue igual de guapo como lo