Dante
El movimiento en el rancho era intenso. Todos iban de un lado a otro, organizando los últimos detalles para la boda. Yo, en cambio, estaba encerrado en mi habitación, con los nervios de punta. No entendía muy bien por qué me sentía así. Después de todo, solo era una boda. Solo —me repetía—, pero la presión en mi pecho decía lo contrario.
Mi madre entró en la habitación, como siempre con su ternura discreta. Se acercó a mí y comenzó a ajustarme la pajarita con manos firmes pero cálidas. Me