Dante.
Noto la hora. Son las 6:38 de la tarde. Cierro mi despacho y le indico a mi asistente que puede irse. El edificio ya está prácticamente vacío. Solo quedan algunos guardias de seguridad cerrando puertas y haciendo rondas. Recojo mis cosas con calma, pero justo cuando voy a salir, suena mi celular. Un número desconocido. Frunzo el ceño. No suelo responder números que no tengo guardados, pero... vuelve a sonar.
Contesto.
—¿Hola?
—Señor Dante... —escucho una voz agitada—. Ayúdame... So