Los gritos, una cacofonía de agonía y metal que parecía emerger de las mismas entrañas de la tierra, se veían opacados por el estruendo rítmico de las espadas chocando contra la gran fortaleza danesa. Era una estructura que desafiaba la lógica de la piedra y la arquitectura del miedo; pese a los escasos conocimientos de guerra que el danés prisionero había filtrado con desprecio al Rey de Northumbria —un intento patético de subestimar al enemigo que ahora golpeaba sus puertas—, los invasores ha