XXXIV

El afibrado cuerpo de la reina se mecía de un lado a otro sobre las losas gélidas de la cripta de Inlgaterra, un movimiento rítmico, espasmódico y casi animal que delataba la tormenta molecular que la estaba reconstruyendo desde sus cimientos humanos. Catherine aún no era plenamente consciente de que la sed que cargaba en sus entrañas —una vacuidad abrasadora que parecía un agujero negro devorando su propio centro vital— tenía el potencial de devastar mundos enteros. El dolor, que hasta hacía u
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