Mientras el sol ascendía con una indiferencia cruel sobre el horizonte de Northumbria, sus rayos comenzaron a abrazar, con un calor que parecía un insulto, los cuerpos gélidos y desarticulados que Dravenhild había desechado tras su infame cena real. El amanecer no traía purificación, sino que iluminaba la magnitud de lo grotesco. No eran restos humanos lo que quedaba esparcido en el salón del trono; eran los despojos de una dinastía devorada, testimonios mudos y sanguinolentos de una ambición q