El niño le observaba desde la inmovilidad de una estatua tallada en barro, sangre seca y escarcha. Había algo en la forma en que el noble caballero cabalgaba —esa rectitud impostada de quien nunca ha tenido que luchar por el aire que respira, ese orgullo de seda y heráldica que pretendía ocultar la fragilidad del hueso— que le resultaba no solo ajeno, sino profundamente divertido. Una leve sonrisa, apenas una grieta de marfil en su rostro curtido por el salitre y las ventiscas del norte, se dib