Las lágrimas de la reina no eran ya agua y sal; eran el último vestigio de una humanidad que se desvanecía sobre su rostro, una máscara de oro agrietada cuya palidez no respondía a la naturaleza de su sangre, sino a la fuga constante, rítmica y despiadada de su esencia vital. El carmín que solía encender sus mejillas en las cenas de gala del palacio de Westminster, aquel rubor que el fallecido rey Thomas solía comparar con el amanecer sobre los acantilados de Dover, se había derramado definitiv