XXXII

Los rayos iluminaron la ensombrecida escena con una violencia blanca y eléctrica, revelando por breves instantes la cartografía del horror que se había dibujado en la habitación real. No era una iluminación de guía, sino un parpadeo acusador del cielo que desnudaba la miseria humana en su estado más puro. En el centro de ese cuadro macabro, la mano de Edward tiritaba con una arritmia frenética, un espasmo de la carne que parecía intentar rebelarse, demasiado tarde, contra la voluntad ya quebrad
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