XXXI

Aquel día no amaneció con la promesa de la luz, sino con la revelación de una negrura absoluta que parecía haber devorado el horizonte. Las nubes no se habían dispersado con la brisa matutina; simplemente se habían ahogado en las lluvias finas, frías y delgadas de una noche mortífera que se negaba a morir. Sobre Inglaterra, el cielo no era una cúpula protectora, sino una herida abierta que supuraba una bruma persistente, una caricia de muerte que enfriaba los huesos de los vivos y los corazones
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