Thomas se atrincheraba entre las cicatrices geográficas que delimitaban los dominios de Northumbria e Inglaterra, en una zona fronteriza donde la tierra, saturada de antiguas matanzas, parecía haber olvidado el nombre de sus dueños para adoptar el de sus verdugos. El paisaje era un recordatorio de la fragilidad humana: colinas peladas y valles estrechos que canalizaban el viento como si fuera el aliento de un dios moribundo. Sus soldados, envueltos en el acero frío de la madrugada —un metal que