Bajo la luz plateada de una luna que parecía observar el mundo con el juicio implacable de una deidad ciega, las joyas más lujosas preparadas para Catherine relucían con un fulgor casi obsceno. No eran simples adornos; eran el testimonio del amor dulce, pero asfixiante y obsesivo de Thomas aunque ella nolo sientera así. Estaban dispuestas sobre el terciopelo negro como ofrendas en un altar pagano, esperando el contacto de la carne real para despertar de su letargo frío. Catherine las observaba