Mundo ficciónIniciar sesiónBajo la luz plateada de una luna que parecía observar el mundo con el juicio implacable de una deidad ciega, las joyas más lujosas preparadas para Catherine relucían con un fulgor casi obsceno. No eran simples adornos; eran el testimonio del amor dulce, pero asfixiante y obsesivo de Thomas aunque ella nolo sientera así. Estaban dispuestas sobre el terciopelo negro como ofrendas en un altar pagano, esperando el contacto de la carne real para despertar de su letargo frío. Catherine las observaba desde la penumbra de la alcoba y, por un instante, sintió que aquellas piedras preciosas poseían una vida propia, una conciencia mineral, antigua y hambrienta.
Emitían una voz encantadora, un siseo que no nacía del aire, sino de los rincones más profundos de su propio subconsciente. Era un llamado persistente, una vibración que resonaba en sus huesos, invitándola a ser poseída por su brillo eterno. Los rubíes parecían gotas de sangre arterial coagulada por el tiempo, y los diamantes, astillas de un sol muerto. Con pasos suaves, arrastrando una fragilidad que hacía que sus piernas temblaran ligeramente bajo el peso de su avanzado estado, la reina se acercó a donde la voz le llamaba con tanta insistencia. Su vientre, el cáliz del futuro de Inglaterra, pesaba sobre su columna, recordándole su humanidad frente a la inmortalidad de las gemas.
Estaba bañada por la luz de la luna, cuyos rayos nocturnos deslumbraban su presencia, convirtiendo su piel de porcelana en mármol pálido y espectral. La suave brisa que ingresaba por el balcón, cargada con el aroma a salitre y pino húmedo de los jardines, besaba su rostro con roces delicados, brindando una frescura necesaria a su cuerpo febril. Sin embargo, justo cuando sus dedos, largos y finos, estaban a punto de quebrar la distancia y hacer contacto con el esplendor transparente del oneroso vidrio que resguardaba las gemas, el hechizo se rompió. Un estrépito de pasos agitados y voces cargadas de una violencia contenida, como el metal chocando contra la piedra, desviaron su atención hacia la puerta de la habitación.
—¡Sus majestades están descansando! —el susurro de Edward no era una advertencia, era casi un grito ahogado, una orden desesperada por mantener la paz en el santuario que él juró proteger con su propia vida.
Dos golpes fuertes, secos y brutales, resonaron en la estancia. La enorme puerta de caoba, con un veteado rojizo tan intenso que evocaba el color de la sangre derramada en los sueños más oscuros de la reina, pareció estremecerse bajo el impacto. El estruendo despertó a Thomas de su profundo sueño, un sueño que últimamente estaba poblado de sombras y hachas. El rey se incorporó de golpe, con la mano buscando instintivamente la empuñadura de una espada que no estaba allí. Se quedó petrificado, con la respiración entrecortada, al ver a su esposa de pie, envuelta en la luz lunar como una aparición angelical o un presagio de muerte.
Thomas, recuperando el aliento, autorizó el ingreso de Edward, su caballero personal y sombra constante. Al entrar, Edward no pudo evitar que su mirada se clavara por un segundo de más en la figura de su reina. En esa penumbra, donde la luz de la luna se mezclaba con el polvo dorado que flotaba en el aire, el rostro de Catherine se veía más angelical que nunca. Era una belleza dolorosa, justo cuando los primeros y débiles rayos del sol empezaban a lamer el horizonte, demostrando la fragilidad que la solitaria oscuridad había intentado ocultar.
Callando el tumulto de su mente y el latido desbocado de su corazón —un órgano que latía solo por deber y por un amor prohibido que se negaba a nombrar—, Edward entregó el mensaje de urgencia. Sus palabras fueron cortas, pero cargadas de la ponzoña del desastre. Thomas no perdió un segundo. Se lanzó fuera de la cama y se apresuró a bajar por las escaleras señoriales. Sus pies, delgados y pálidos, resbalaban por la humedad condensada que la bruma de la mañana había dejado sobre los peldaños de piedra, como si el propio castillo estuviera llorando lágrimas frías.
Al llegar al gran salón, el frío de la mañana le golpeó el pecho desnudo. Allí, bajo las bóvedas góticas, se encontró con una visión de pura miseria humana que le revolvió las entrañas.
—¡Mi rey! —la delgada rodilla de William se dobló con un crujido sordo, el sonido de una articulación al borde de la ruptura.
Thomas lo levantó de inmediato, ignorando cualquier protocolo de clase, estrechándolo en un poderoso abrazo que hizo crujir los huesos del casi desdichado hombre. Era un gesto de hermandad guerrera y desesperación pura. Con una voluntad que solo puede describirse como milagrosa, William intentaba no desfallecer entre los fornidos brazos del rey; sabía que las noticias debían ser entregadas antes de que el último aliento de vida abandonara sus pulmones destrozados. Sus piernas fallaban, temblando violentamente, traicionando su honrada voluntad de mantenerse firme ante su soberano.
—Mi rey… —sostuvo entre un susurro que era más un gemido de agonía que una frase articulada—. Él es un monstruo… Dravenhild viene por Inglaterra. No busca oro, busca almas.
Al pronunciar ese nombre maldito, William cerró los ojos y su cuerpo se volvió un peso muerto, una cáscara vacía. De inmediato, fue trasladado a la clínica real, ese anexo del castillo que Catherine había transformado personalmente. Donde antes solo había barberos con sierras oxidadas, ahora imperaban protocolos de higiene y medicinas alquímicas que mejoraban en gran medida lo que antes era obsoleto y letal. A William lo revisaron centímetro a centímetro bajo la luz de las antorchas. El diagnóstico era crudo, casi insultante para la vida: un grado extremo de deshidratación y una desnutrición que había convertido sus músculos en cuerdas fibrosas. Su piel se pegaba a los huesos como pergamino viejo y amarillento, manchado por las costras de la sal marina y los latigazos daneses. Era vital tratarlo junto al grupo de supervivientes, espectros que compartían esas huellas de horror y silencio.
Thomas regresó a la habitación real con el corazón cargado de plomo. Catherine le esperaba sentada en una silla cerca de la chimenea, cuya leña chisporroteaba con una agonía luminosa, arrojando brasas que parecían ojos rojos en la penumbra. El rey no buscó su lugar en el lecho; se desplomó en el suelo de piedra fría, dejando que su cabeza se recostara en las rodillas de su reina. Buscaba el refugio que solo ella, con su misterio y su fuerza, podía darle en un mundo que se desmoronaba.
—Mi reina, ¿qué sucedió antes de que el sol apareciera para recordarnos nuestra miseria? —su voz era un pozo profundo de preocupación y agotamiento.
—Tuve una pesadilla que me atormentó, mi amado —respondió ella con voz aterciopelada, depositando un beso suave y prolongado sobre el cabello de su rey—. Al verte así, al sentirte bajo mis manos y en mi mente, siento que cada vez te amo más. Eres mi ancla en esta tormenta.
Thomas se incorporó lentamente y se arrodilló ante ella, en una postura que parecía una súplica humillante, una rendición de su corona ante el altar de su mujer. Por Catherine, él se arrastraría por el estiércol más infecto y bebería la hiel de sus enemigos. Con sus manos cálidas y fuertes, marcadas por las cicatrices de mil entrenamientos, rozó la piel de porcelana de las mejillas de ella. Sus ojos se clavaron como dagas de obsidiana ante la emoción que le causaban esas tiernas palabras.
—Sé que me amas, mi reina —dijo él, y su voz vibró con una intensidad patológica—. Besó cada uno de sus dedos con una devoción religiosa, casi fanática. -Pero debes entenderlo: si tú te vas, si este mundo te arrebata de mi lado, moriré por asfixia. Si tu perfume se esfuma de mi presencia, mis sentidos no tienen por qué existir; se apagarán como velas en un vendaval. Y si tus labios abandonan los míos, el mundo entero pierde su sentido, su color y su peso. Por ti sería capaz de morir mil veces, sufriendo los tormentos más viles, porque si me pides vivir sin ti, no sería capaz de sostener el aliento ni por un miserable segundo.
Las lágrimas, pesadas y calientes, empezaron a resbalar por las rosadas mejillas de la reina. Se sentía más amada que nunca, pero también percibía el peso de esa pasión absoluta que rayaba en la locura. Thomas no ocultó su sed; la buscaba con la urgencia de un adicto frente a su dosis más pura. Catherine era su nicotina, su droga más potente, el aire que filtraba sus pulmones manchados de guerra. Sus respiraciones se agitaron, enredándose entre las sedas costosas de sus prendas nocturnas. El sabor de la sal de las lágrimas de Catherine, lejos de detenerlo, lo excitaba aún más, despertando un hambre primitiva.
Sin embargo, se frenaron bruscamente antes de cruzar el umbral del acto carnal. Ambos sintieron un movimiento leve, pero decidido, en el vientre de la reina. Una risa contagiosa, llena de una esperanza que parecía fuera de lugar en medio de las malas noticias, armonizó el ambiente cargado de tensión.
—Es nuestro heredero —susurró Thomas contra los labios de ella, con la frente apoyada en la suya—. También nos dice que nos ama. Que él es el fruto de este caleinte amor.
Continuaron su idilio matutino sin ingreso carnal, simplemente amándose con una ternura y una pasión contenida que solo aquellos que han caminado por el borde del abismo y han visto el vacío pueden entender.
Mientras tanto, el Conde ingresaba en el salón del consejo. Su rostro era una máscara de mármol frío, impasible, a pesar de que en su interior hervía la sangre de una envidia corrosiva. Había oído, desde las sombras del pasillo, los murmullos y los juramentos que los reyes se habían dedicado al alba. Había escuchado el eco de sus afectos, y aquello alimentaba su odio silencioso hacia la felicidad de Thomas. Catherine había logrado convencer a Raluca de tomar más vacaciones, una maniobra política maestra para que nadie pudiera interferir en el círculo íntimo de la corona.
—Los he convocado hoy —se apresuró a hablar el rey ante los nobles reunidos, quienes olían a miedo y a vino rancio de la noche anterior— para contar una noticia que nos deja aún más frágiles de lo que ya estamos. El cristal de nuestra paz se ha roto.
Thomas echó su cabellera brillante hacia atrás con un gesto de impaciencia guerrera, un tic que aparecía siempre que el acero llamaba a su puerta. El silencio que siguió fue denso, casi sólido, cargado de presagios de muerte.
—Dravenhild viene en busca de venganza. No es un hombre, es una plaga. Es el danés más violento del que se tenga memoria en las sagas del norte. De sus esclavos no solo toma el trabajo, toma sus vidas; come sus carnes y bebe su sangre para alimentar un espíritu que ya no es humano, sino demoníaco.
Una risa casi imperceptible, un siseo seco, escapó de los labios de Vlad, que permanecía en las sombras de la esquina. Para un ser de su naturaleza, aquel humano danés parecía tener un instinto casi envidiable, una honestidad en su brutalidad que Vlad encontraba refrescante. Sin embargo, para los demás consejeros, la noticia resultó repugnante, un golpe de mazo contra su seguridad aristocrática.
—Mi querido amigo, Sir William, a quien pensábamos que el mar se había tragado para siempre, era preso de este monstruo. Con un ingenio de supervivencia que roza lo sobrehumano, logró escapar de sus colmillos y me ha comentado su plan en persona. Dravenhild no quiere tributos. Quiere borrar el nombre de Inglaterra del mapa.
Todos los presentes, excepto el Conde, cuya mirada permanecía fija en un punto invisible de la mesa de roble, palidecieron. La arrogancia de los ducados y condados se transformó en un pánico gélido que recorrió la sala como una corriente de aire de tumba. Pero Thomas no permitió que el lamento se extendiera. Sabía que el miedo es un incendio que debe sofocarse con hierro. Era el momento de demostrar que, aunque Inglaterra pudiera caer, tenía la fortaleza necesaria para ponerse en pie y luchar por su descendencia. De lo contrario, el futuro de sus hijos solo serían cenizas y palabras vacías escritas en el polvo de la derrota.
Más tarde ese día, bajo un sol que no lograba calentar el aire, Edward caminaba con la reina por los jardines del castillo. Ella se apoyaba con una confianza absoluta en su brazo firme, la misma mano que había segado cientos de vidas. Con pulso seguro y ojos vigilantes, el caballero la guiaba por caminos de sombra y seguridad, una ruta calculada para proteger tanto a la soberana como al bebé real de cualquier mirada indiscreta o amenaza súbita.
Edward no podía despegar su vista de la prolongada barriga de la futura madre. Sentía una necesidad mística, una urgencia caballeresca casi religiosa de tocar la vida que emergía de ella, ese pequeño milagro que desafiaba a la muerte que se avecinaba. Catherine, notando la fijeza de su mirada y el temblor en su mandíbula, se detuvo frente a un rosal marchito.
—Puedes tocar, Edward. No temas —dijo ella con una suavidad que le dolió más que una herida de espada.
Ella tomó la mano del caballero, ruda y callosa por el mango de la espada, y la dirigió con delicadeza hasta su panza. Edward pudo sentir, a través de la fina seda del vestido, un leve pero innegable empuje. El futuro rey de Inglaterra estaba allí, vivo, pateando contra la mano del guerrero. El calor de la reina emanaba a través de la tela, quemando la palma de Edward con un ardor que le hizo retirar la mano con una torpeza notoria, asustado por la intensidad de sus propios sentimientos y por la santidad de ese contacto.
—Mi reina —dijo Edward con una voz solemne que vibró con el peso de un juramento sagrado—, cuando el heredero nazca, cuando esa luz llegue a este mundo oscuro... dadme la bendición de ser quien cuide de esa persona por toda la eternidad. Dejad que sea su sombra y su escudo, hasta que mi acero se quiebre o mi corazón deje de latir.
Catherine asintió con una sonrisa triste y suave, una expresión que guardaba secretos que Edward jamás comprendería, y siguió su camino invitando al caballero a continuar con ella. Edward no se despegó de su lado ni por un segundo, convertido en una estatua de hierro y lealtad lista para enfrentar al monstruo que ya navegaba hacia ellos.
Mientras en el castillo se juraban lealtades y se afilaban los sentidos, en las costas escarpadas de Northumbria el cielo se teñía de un gris plomizo, el color de los pulmones de un fumador. El escape de William no había pasado desapearcibido para Dravenhild; nada en su dominio escapaba a su vigilancia predadora. El líder danés observaba el mar embravecido con ojos que no conocían la piedad, ojos que habían visto pueblos enteros arder y no habían parpadeado.
La pérdida de su barco y de sus esclavos no le producía ira, sino una satisfacción fría. El juego de la caza había comenzado, y a Dravenhild le gustaba que su presa supiera que él venía. La anticipación del terror mejoraba el sabor de la victoria. Se volvió hacia su hijo de trece años, un muchacho que ya tenía la piel curtida y el alma endurecida por la crueldad. El joven sostenía una hacha manchada con la sangre todavía tibia de un animal recién sacrificado en honor a los dioses de la guerra.
—El inglés ha corrido a avisar a su pequeño rey —dijo Dravenhild con una voz que sonaba como el arrastrar de piedras pesadas en el fondo de un pozo—. Es mejor así. Quiero que sepan que voy. Quiero que sientan cómo el miedo les pudre la sangre en las venas antes de que yo llegue a bebérmela. El miedo es el mejor condimento para la conquista.
El niño asintió en silencio, imitando la rigidez pétrea de su padre. Sabía, por los gritos que había escuchado en las noches de ejecución, que si fallaba en la próxima incursión, el ritual del águila de sangre no sería para un enemigo, sino para él mismo. La debilidad en la estirpe de Dravenhild se pagaba con la apertura de las costillas. El pueblo danés, una marea de cuero, hierro y hambre, comenzó a abordar las naves. Eran una flota de madera y odio que se deslizaba sobre las olas furiosas del Mar del Norte, movidos por una sed que ninguna cantidad de oro podría saciar. Pero Northumbria era su única salvación.
En Inglaterra, Thomas comenzó a organizar la defensa con una eficiencia desesperada. Las forjas de los armeros no descansaban ni un minuto, y el olor a hierro fundido y carbón inundaba el aire de las ciudades, asfixiando el aroma de las flores primaverales. Catherine, a pesar del peso de su vientre y de las náuseas que la asaltaban, supervisaba personalmente los suministros y las defensas médicas. Sabía que la guerra no solo se ganaba con espadas largas, sino con la voluntad de no retroceder ni un centímetro.
Pero en las noches, cuando el silencio regresaba al castillo y las antorchas se consumían, volvía a mirar las joyas ahora traslúcidas sobre el terciopelo. Ya no le susurraban palabras de amor ni promesas de belleza. Ahora, bajo la luz de la luna, aquellas piedras preciosas parecían los ojos de cuervos pacientes, esperando el banquete final que se serviría sobre los campos de Inglaterra. La sangre de su sueño y la sangre que Dravenhild prometía derramar eran la misma, una marea roja que amenazaba con ahogar todo lo que ella amaba.







