Pese a las furiosas tempestades que azotaban el Mar del Norte con la saña de un dios herido, el gigante Aegir, soberano absoluto de las corrientes negras y arquitecto de mil naufragios olvidados, parecía haber decidido que aquel día su única diversión consistiría en jugar con la frágil cordura de los hombres. No era una tormenta común, de aquellas que los marineros despachan con rezos y supersticiones; era una manifestación física de la malevolencia divina, un despliegue de fuerza que reducía l