Angélica
Las manos de Ernesto me regalaban caricias desde los muslos hasta los alrededores de mi entrepierna; eso me estaba volviendo loca, muy, muy loca. Ya me estaba desesperando porque ¡no me tocaba! Lo hacía para prepararme y poder recibirlo para minimizar el dolor. Sin embargo, Gaby ya me había comentado que sí dolía.
Pero su estrategia me tenía con la piel muy sensible. Sus labios alrededor de mi pezón, el juego de su lengua al rozar mi erecto pezón. Lograba estremecerme hasta los confines