Angélica
La boda, aunque un tanto extensa, era hermosa. De mi parte me parecía mentira que esté cumpliendo uno de mis sueños, casarme con el hombre que había amado siempre; el padre de mi hijo. Por quién había llorado y reído tantas veces. La ceremonia llegaba a su final. El sacerdote proclamaba las últimas palabras.
—Los declaro, marido y mujer. Pueden besar a sus esposas.
Ernesto miró a papá, ya nos aceptaba como pareja, pero habíamos notado que no le agradaba mucho vernos besar cerca de él.