Samuel.
Habían pasado tantas cosas en este mes y medio en que Gabriela regresó al apartamento. Me parece mentira cómo se habían desenredado nuestras vidas. Nos encontrábamos en el mueble; por su enorme barriga ya no podía dormir acostada en la cama, salió de cuentas y solo esperábamos que nuestra preciosa María Emma decida conocer a sus padres.
Era su delicioso comodín, me chantajeaba solo con decirme que podía dormir siempre y cuando fuera su almohada. Y mientras le acariciaba el cabello, recordé la noche en que volvimos a estar juntos. Fueron tres intentos, que quedaron en fracaso y mi pobre penecito ya estaba aburriéndose.
Sin embargo, esa noche se levantaba y al segundo se aguaba. Pensé que me iría de nuevo en blanco, pero no podía forzarla. Entonces entendía que a ella los recuerdos la acobardaban y lo nuestro era un proceso. Tanto Carlos como Gustavo me advirtieron de ser paciente, así mi pene sufriera, iba a ir a su ritmo.
Por eso el martirio fue esa noche. Pero al final culmin