Lyra
El alba del primer día de entrenamiento no llegó con el canto de los pájaros, sino con el sonido seco del metal contra el metal y el rítmico golpear de las botas sobre la tierra endurecida.
Me encontraba en lo alto de la muralla este, observando cómo la plaza de armas se llenaba antes de que el sol terminara de asomar tras los picos nevados. El aire era gélido, una brisa cortante que me llenaba los pulmones y me mantenía alerta, despejando los restos de sueño y la pesadez que mi cuerpo empezaba a reclamar debido al embarazo.
Kael estaba a mi lado, envuelto en su capa negra de piel de lobo, con la mirada perdida en los cientos de hombres y mujeres que se agrupaban abajo. Podía sentir su tensión a través del lazo su instinto de protección estaba en guerra con su deber como general.
— Mira sus rostros, Kael —susurré, señalando hacia abajo—. Ya no son las caras de los refugiados que llegaron aquí con las manos vacías. Hay fuego en sus ojos.
— Es un fuego peligroso si no se canaliza