Lyra
El aire frío de la noche me golpeó la cara en cuanto salimos de la sofocante mansión de los Renard, y nunca un soplo de viento me había resultado tan refrescante.
El olor a perfume caro, hipocresía y sándalo rancio de Dorian se quedó atrás, pero la sensación de haber caminado sobre cristales rotos todavía persistía en mis músculos. Kael no me soltaba la mano; su agarre era firme, casi posesivo, como si temiera que el suelo fuera a tragarse la realidad que acabábamos de imponer en aquel salón.
— Lo hiciste —susurró Kael mientras bajábamos la escalinata hacia la camioneta blindada que nos esperaba con el motor en marcha—. Los dejaste sin palabras, Lyra.
— Los dejamos —corregí, apretando sus dedos—. No podría haber sostenido esa mirada sin sentir tu peso detrás de mí. Ni sin ver a Castian y Caelum cuidando mis flancos.
Mis hermanos ya estaban junto al vehículo.
Castian mantenía la mano sobre la puerta abierta, escaneando el perímetro con una intensidad que me recordó que seguí