Lyra
La mañana en la ciudadela siempre olía a pino y a tierra removida por las obras, un aroma que me llenaba de orgullo porque significaba progreso. Pero hoy, ese aire fresco se volvió pesado en el momento en que entró aquel sobre. Estaba sentada en mi escritorio, tratando de concentrarme en los informes de suministro, cuando el papel color crema con el sello de los Renard aterrizó frente a mí.
Sentí un vuelco en el estómago. Un espasmo de náusea que no era nuevo, pero que decidí ignorar una