Lyra
El aire de la montaña ya no olía a derrota.
El aroma a pino y tierra húmeda estaba siendo reemplazado por el olor a madera recién cortada, cal y el sudor de cientos de cuerpos trabajando al unísono lo que empezó como un grupo de cuarenta sobrevivientes heridos se había transformado, en menos de veinticuatro horas, en un hormiguero humano de proporciones épicas.
Los materiales —comprados con el oro que Kael había liberado antes de caer— llegaban en caravanas constantes, camiones cargados