Anna Wyndham no era una mujer que se rindiera con facilidad. Aunque estaba sorprendida. Isla la había tomado desprevenida. Pero disimuló la sorpresa, que desapareció tan rápido como llegó. Había pasado por demasiados juegos. La pequeña victoria de Isla no podía silenciarla.
Enderezó los hombros y su mirada osciló entre su hijo y su esposa.
—Estoy segura de que mi hijo puede hablar por sí mismo —dijo con frialdad, la voz tranquila—. ¿No te parece?
Isla apretó los labios en una línea fina, pero no