El trayecto desde Polanco hasta el hospital fue tenso y silencioso. Ricardo conducía, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Alessandro miraba por la ventana la caótica Ciudad de México, aunque su mente estaba a miles de kilómetros y treinta años atrás.
—¿Cuál es la historia? —rompió el silencio Alessandro.
—Socio de negocios. Un viejo amigo —respondió Ricardo—. Lo que sea, menos tu verdadero nombre. No podemos alterarlos más.
—Entendido.
Llegaron