13. Sin soltar su mano.
No podía negarlo y no lo haría, estaba dolida, estaba, en pocas palabras, realmente destrozada. Tocando su vientre, deseo llorar como aquella noche en que perdió al fruto que crecía dentro de él. La vida era tan cruel, tan terriblemente injusta, que le había regalado un hijo a la misma mujer que provocó que ella perdiera al suyo. Recordar las palabras de Eduardo, burlándose de la pérdida que sufrió y asegurando que estaba feliz de la desgracia que él y su amante le habían provocado, la hizo sen