El dolor en mi mejilla me mantenía despierta, como un animal herido que no puede bajar la guardia. Cada movimiento de las manecillas del reloj era una burla: el tiempo seguía avanzando, indiferente a lo que acababa de pasar. Da igual si mi mundo se estaba desmoronando, el reloj no iba a detenerse por mí.
Mis dedos se movían con torpeza sobre el teclado, tratando de concentrarme en el último informe del día. El zumbido del aire acondicionado y el murmullo lejano de las conversaciones en la ofici