Mis movimientos eran calculados, cada paso medido con precisión, como si mi vida dependiera de no cometer un solo error. Llegué a la puerta de la habitación por la que había salido antes, y al entrar, mi vista recorrió cada rincón. Todo estaba pulcramente organizado, como si nadie hubiese dormido allí en semanas, como si el tiempo mismo se hubiese detenido para mantener el orden. Mi mirada se posó en mi bolso, descansando sobre la mesita de noche, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Me a