Mis ojos se removieron lentamente, pesados, como si cada pestaña tuviera el peso de una piedra diminuta. El suave roce de las mantas me envolvía como un abrazo maternal, y el colchón mullido me recibía como si hubiese estado esperándome desde siempre. Me sentí hundida en una especie de nube cálida y tierna, una suave cuna de descanso que parecía ajena a la vida que había llevado en los últimos meses.
Me estiré con pereza, como un gatito entre las mantas, disfrutando del contacto de la tela cont