Freya cayó al suelo, y un grito lleno de dolor e impotencia resonó en todo el castillo. Pero ni siquiera eso fue suficiente para que Dante se detuviera o se girara a mirarla. Por el contrario, siguió avanzando con paso firme, hasta perderse entre los pasillos del palacio, sin importarle nada más que llegar hasta donde se encontraba Lucrecia.
Esa mujer se había convertido en su obsesión. No podía dejar de pensar en ella. La llevaba en la sangre, en la piel, tatuada en su mente como si se tratara