El rugido de Zarek retumbó como un trueno maldito.
Nos lanzamos el uno contra el otro sin contener nada. Garra, colmillo, furia. El aire se llenó de golpes secos, huesos chocando, chispas de energía lunar y sombras cruzando en estallidos violentos. Ya no éramos primos. No éramos lobos. Éramos bestias guiadas por el odio y el dolor.
A nuestro alrededor, la batalla se desató por completo.
Leo, Dorian y Marco peleaban como verdaderos salvajes. Cada uno se enfrentaba a los lobos de élite que Zarek