La noche era como un presagio, fría y silenciosa, mientras los tambores sonaban para dar la bienvenida a los alfas, betas y guerreros de élite de las diferentes manadas. El ambiente estaba cargado de tensión, como si el aire mismo contuviera el aliento ante lo que se avecinaba.
Yo avanzaba con la frente en alto y los ojos de un depredador, fijos en un solo objetivo: el bastardo de Dante, quien se pavoneaba como si el mundo le perteneciera. Freya, esa maldita llena, estaba junto a él con esa son