Leonardo permaneció sentado solo en su coche mucho después de que Valeria se marchara. Las luces de la ciudad se reflejaban en el parabrisas como si se burlaran de él. Su corazón seguía latiendo irregularmente, no por deseo, sino por la pesada carga que se asentaba en su pecho. El perfume de Valeria se le pegaba a la ropa; su voz aún le susurraba en la cabeza: «Deshazte de ellas... por completo». Por primera vez en mucho tiempo, Leonardo se sintió acorralado. Tres mujeres, tres tormentas, tres