Valeria se repanchingaba en su cama de terciopelo, con las piernas cruzadas mientras daba vueltas a una copa de vino tinto con perezosa satisfacción, con el teléfono entre el hombro y la oreja. "Zara", ronroneó con la voz desbordante de triunfo, "deberías haber estado ahí. Leonardo entró como un rey que ya sabía que era el dueño de la habitación, ¿y cuando me vio? Dios mío, prácticamente se olvidó de respirar". Rió entre dientes, recordando cómo sus ojos la habían devorado, el hambre, la codici