Emilia no le respondió a Valeria.
Su silencio era de esos que podían alterar el ambiente de una habitación: pesado, frío, peligroso.
Valeria siguió hablando, presa del pánico, con la voz quebrada:
—¡Mateo NUNCA te creerá! ¡Será mi palabra contra la tuya! Me conoce desde siempre...
Pero Emilia ya le había dado la espalda.
Se agachó junto a Mateo, apartándole el pelo de la frente. Tenía la piel caliente, la respiración irregular, las pupilas medio dilatadas. La droga aún lo recorría. Estaba lo su