Mateo se quedó un buen rato fuera de la habitación de Emilia antes de armarse de valor para llamar. Cuando por fin lo hizo, no se detuvo. Llamó una y otra vez, despacio al principio, luego más rápido, con el pánico apoderándose de su pecho con cada segundo de silencio.
Emilia, por favor, abre la puerta, dijo en voz baja. Sé que puedes oírme.
No hubo respuesta.
Emilia, solo necesito un minuto, continuó. Un minuto es todo lo que pido.
La puerta finalmente se abrió y Emilia se quedó allí, con el r