El tiempo se había disuelto en la habitación oscura. No había relojes, ni ventanas, ni el sonido del mundo exterior para marcar el paso de las horas. Para Matilde, la existencia se había reducido al dolor sordo en sus hombros y al roce de la seda contra sus muñecas, que ahora se sentía como alambre de espino.
Estaba sedienta. Su garganta era un desierto de papel de lija. El vestido de novia, esa obra maestra de la alta costura, era ahora un trapo sucio y arrugado que olía a sudor frío y a deses