La sonrisa de Thomas no vaciló. Era una curva perfecta, serena, esculpida con la paciencia de un artesano que admira su obra finalizada. Apoyado contra la puerta cerrada, con la copa de cristal balanceándose suavemente en su mano, parecía el dueño de un mundo en el que Chloe era solo una turista perdida.
El aire en el despacho se volvió sólido.
Chloe abrazó la computadora portátil contra su pecho, manchando el satén nupcial con el polvo del crimen. El frío del metal le quemaba la piel a través