El sol no salió ese día sobre la mansión Davenport. El cielo simplemente cambió de un negro absoluto a un gris metálico y enfermo, como si el mismo día se negara a ser testigo de lo que estaba a punto de ocurrir.
Para Chloe, el amanecer no trajo luz, sino ruido.
Desde las seis de la mañana, su cuarto se había convertido en un centro de actividad para el escuadrón de estilistas, asistentes y peluqueros, contratados por Thomas, que revoloteaban a su alrededor, preparándola para ese gran día.
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